jueves, 21 de septiembre de 2017

MI AHIJADITO EL REGALÓN

Tengo un ahijao: Rumualdino,
que es criao como la humedá.
De pura casualidá
yo he resultao su padrino.
Nació en un día barcino
de esos de invierno, llorones,
y por deberle atenciones
al finadito su padre,
tengo aura ahijao y comadre
y nuevas obligaciones.

Antes de hacerlo mi ahijao
me costó unos patacones
pa’ hacer callar los gritos
de: “áhi va un padrino pelao”.
Cuando el curo le hubo hablao
no sé en qué lengua extranjera,
pagué por otra soncera:
pa’ que con agua limpita
que había en una juentecita
le lavaran la mollera.

Cuando se hizo un grandulón,
la madre de Rumualdino
me dijo: “Siendo el padrino
ya sabe su obligación.
Hay que darle educación
pa’ que no sea un atrasao,
sobre este punto he pensao
que hagamos d’él un dotor,
pa’ que gane al ser mayor
una banca ‘e dipuatao.”

Yo dije: “Pa’ mi es mejor
y aunque se enoje, comadre,
que salga como jué el padre
un hombre trabajador.
Que sea un criollo agricultor,
que manejando el arao,
sepa en el campo heredao
desparramar la semilla,
pa’ que después de la trilla
cobre su trabajo honrao.”

Pero triunfó la mujer,
y el muchacho regalón
resultó al fin un chambón
que agatas aprendió a leer.
A veces lo suelo ver
y me entristece endeveras,
porque al errar la carrera
me resultó el muchachito,
lo mesmo que un muñequito
escapao de una vidriera.

Habla con voz destemplada,
se hamaca cuando camina.
¡Potrillo de raza fina
que al fin no sirve pa’ nada!
Lleva melena engomada
que es dura como el cartón
y con la cola’e ratón
que usa como bigotito,
se cree que es mozo bonito
mi ahijadito el regalón.


Versos de Evaristo Barrios

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