sábado, 3 de febrero de 2018

UNA GAUCHADA


Me atajaron los cuatro en la vereda
apenas me bajaba de la chata
donde tenía las sogas y los vicios
pues me volvía esa noche pa’ la estancia;
recién nomás había cargao los pingos
que ya volvían pa’l campo en una jaula
a cargo de Don Cosme, el mayordomo
que había hecho de jurao en la domada.

Eran tres mozos altos y barbudos
con esas ropas gringas y gastadas:
vaqueros sin color en las rodillas,
camisas con bolsillos en las mangas;
la gurisa era linda, fresca y rubia
con más trenzas que un juego ‘e cabezada,
un mameluco entero muy ceñido
le ajustaba los pechos y las ancas.

“-Pa’ donde queda el corso?”, me dijo uno
y largaron los tres la carcajada
mientras que la muchacha, en medio’e la vereda,
un remedo a malambo zapateaba.
Contesté socarrón: “-No se ande queda,
ustedes deben ser de una comparsa
cuando los vi venir sentí tristeza
por cuatro mascaritas extraviadas”.

Sentí enseguida que les dio vergüenza…
se les borró la risa de la cara,
y la vergüenza es mala consejera
cuando se tiene enfrente una muchacha.
“-¿Así que vos sos vivo? -me dijo uno
pasándome la mano por la cara-
conmigo no te hagas el Juan Moreira
que no vas a caber en la ambulancia!”.

Se me turbió la vista, el pensamiento
me transmitió el mandato de la raza,
se me corrió la mano a la cintura
en donde el verijero descansaba,
pero una luz más fuerte que la ofensa
me mañó el brazo, me amansó la rabia,
y el recuerdo de m’hijo, también mozo,
me cambió por perdón la puñalada.

“-No m’hijo, soy un hombre’e trabajo
-le contesté mirándolo a la cara-
Vivo en el campo y por lo tanto
uso bombachas, botas, corralera y rastra.
No ando estraviao del tiempo como piensan,
así vestimos hoy en la campaña
los hombres de esta tierra que nacimos
pa’l trabajo rural de las estancias.

Aunque estas son las pilchas del domingo
-pues normalmente, andamos de alpargatas
de sol a sol tratando de sacarle al suelo
las riquezas que otros gastan-,
a cualquier lao que voy vestido ansina
me identifican por las prendas gauchas
como hijo del país de las haciendas
y el granero del mundo que es la pampa…”.

Me miró el mozo más atentamente,
bajó los brazos, agachó la cara,
mientras los otros dos y la gurisa
ya casi con vergüenza me rodeaban.
Tras un silencio que se oyó en la calle
les dí las “¡buenas noches!” y la espalda.
Se miraron los cuatro y sin hablarse
agarraron el rumbo que llevaban.

No supo nunca el mozo, que este criollo
que luce en el bigote alguna cana
y dos ojos cansao de mirar lejos
en el rostro quemao por las heladas,
al perdonar su ofensa con nobleza,
al no escuchar las voces de la rabia,
al detener la mano en la cintura
…le había hecho sin querer… una gauchada!

Versos de Carlos López Terra (1936 / 2017)

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